En la serie Historias de Vida, creada y producida por Isabel López Giraldo, presentamos a Camilo Sánchez. «Hice plata desde muy joven porque he tenido una capacidad innata para los negocios. Vendí flores, frutas, huevos y quesos doble crema de Ubaté que no se encontraban en Bogotá».

Camilo proviene de una familia muy tradicional bogotana con una historia de superación importante que fue modelo de inspiración en su recorrido de vida. Blanca, mi abuela paterna, fue para mí una mujer muy valiosa en términos afectivos. Por ella profesé una admiración muy profunda pues con su experiencia me enseñó la importancia del esfuerzo y la resiliencia. Enviudó muy joven por lo que se vio obligada a trabajar vendiendo tiquetes en la estación de tren de Mosquera para sacar adelante a sus cuatro hijos: Simón, Julio César (mi padre), Bertha y Fenita, quien acompañó a mi padre hasta el último día de su vida y contamos con la suerte de aún tenerla a nuestro lado.

Mi tío Simón contó con la suerte de estudiar en Estados Unidos, pues de los cuatro hermanos solo había recursos para uno de ellos y desde muy joven había mostrado ser muy brillante, aprovechó la opción y años más tarde trabajó en la NASA como psiquiatra. Mi padre no creció rodeado de privilegios que le brindaran oportunidades o un futuro prometedor y fue con gran esfuerzo e imaginación que obtuvo sus logros.

Con los años, mi abuela se vio obligada a entregar a mi papá al ejército pues no tenía cómo mantenerlo. A su regreso, y como la lucha por la supervivencia es tan exigente y nos plantea escenarios que de otra forma jamás hubiéramos contemplado, mi padre simuló vocación de cura lo que le permitió terminar su bachillerato en Mosquera. Pero nunca contó con que lo echarían del seminario al encontrarlo leyendo a Marx y a Gaitán cosa que tenían prohibida. Ahí empezó su gran reto y, cuando nadie creyó que pudiera lograrlo, se demostró a sí mismo y a todos en la familia que tenía el valor y la fortaleza para salir adelante.

Con una profunda admiración por mi padre recuerdo orgulloso su tenacidad pues pagó su carrera de abogado en El Externado trabajando como mesero del Hotel Tequendama. Se graduó con honores junto con quien hoy es mi tío materno, Raúl Gómez Montoya.

Mi padre y Raúl se hicieron los más cercanos amigos de la vida al mismo tiempo que se casaron con dos hermanas. La situación resulta muy curiosa pues Raúl llevaba cinco años de novio de mi tía Clara y cuando mi papá conoció a la hermana, es decir, a mi mamá, Gloria, él quedó fascinado, se ennoviaron y ocho meses más tarde le propuso matrimonio creándole un caos a Raúl que lo llevó a tomar la decisión de casarse muy rápidamente.

La familia de mi mamá es muy singular. Mercedes Ortega, mi abuela materna, fue una mujer de vida tranquila, muy trabajadora, que se casó con un odontólogo que sufrió de Parkinson lo que le impidió seguir trabajando hasta gastarse todos sus ahorros y quedar únicamente con su casa en la que montaron una pensión. Para ellos no fue fácil socialmente hablando pues se trataba de una familia muy elegante y distinguida pero echada a menos.

Atesoro muchas historias de mi papá. Por ejemplo, cuando era mesero, los amigos lo animaban a ir al baño a estudiar y lo cubrían, también atendía a varios de sus profesores sin que ellos lo identificaran. La peor nota que sacó se la dio un profesor que le dijo: “Estos hijitos de papi creen que vienen de fiesta”. Después de un tiempo, cuando el profesor fue a desayunar al Tequendama, encontró que mi papá estaba vestido de smoking atendiéndolo y desvirtuando así su idea preconcebida.

Mi papá tuvo la suerte de que Alberto Lleras Camargo se lo encontrara en el camino y lo identificara como un político de izquierda. Lo escuchó dando un discurso en la calle y se lo llevó a trabajar con él. Fue suplente al Concejo de Bogotá en una época en la que el que era concejal también tenía la responsabilidad de la Cámara, la Asamblea y el Senado lo que hacía que los suplentes se volvieran efectivos en el cargo. También fue secretario de despacho en Bogotá en el gobierno de Virgilio Barco donde fue su funcionario estrella pasando por casi todas las secretarias.

Vinieron otros encargos de Lleras y mi papá se convirtió en concejal modelo, gerente de la Empresa de Teléfonos de Bogotá, de la Empresa de Energía y secretario de Hacienda. Cuando Barco fue Alcalde Mayor de Bogotá (del año 66 al 68), el país recibió la visita del Papa Pablo VI, él se hizo importante y mi papá se convirtió en su jefe de debate de toda la vida.

Resulta muy curiosa la historia de cómo llegó mi padre a ser gobernador de Cundinamarca cuando Barco perdió contra López la precandidatura presidencial liberal. Las cosas ocurrieron de la siguiente manera:

En la época del dictador Rojas Pinilla mi padre fue un tira piedra que buscaba tumbarlo, un izquierdoso que terminó en la Estación 5ta de Policía donde conoció a Belisario Betancur. Al paso de los años cuando Virgilio Barco perdió la posibilidad de ser candidato presidencial, mi padre se volvió un paria dentro de la colectividad al no cambiar de manera oportunista para convertirse en parte de las tendencias de ese momento que eran los Lopistas o Turbayistas. Él siguió acompañando las banderas de Barco, mostrándome la importancia de la lealtad y la amistad, porque estas, a la larga, siempre dan sus frutos, y lo hizo en un momento en el que nadie imaginaba que pudiera llegar a la Presidencia, cosa que logró a los pocos años.

Cuando ganó Belisario (en momentos en que era vigente la regla de Presidente conservador y gobernador liberal), el poder lo ostentaba Turbay, por lo que todos daban por hecho que su gobernador sería de esas toldas. Belisario llamó a Barco a pedirle un candidato para la Gobernación de Santander, a lo que Barco le contestó:

— Por favor, Belisario. Yo quisiera que me ayudaras con una persona que ha sido mi amigo y escudero. Se trata de Julio César Sánchez.

— ¿Cuál Julio César? ¿El que estuvo conmigo en la Estación 5ta?

Pues le dio las dos gobernaciones, la de Santander y la de Cundinamarca donde quedó mi papá. Esto significó un gran acontecimiento para él porque no lo iban a dejar crecer nunca los liberales al ser Llerista, el enemigo de Turbay y la antítesis de la política.

Recuerdo que mi papá como gobernador, le dio mucho juego a Luis Carlos Galán nombrándole cinco secretarios del despacho, esto porque lo quería y admiraba. Si hubiera aceptado el ofrecimiento que le hizo Galán para ser su jefe de campaña, sin duda hubiera muerto con él.

Es una perfecta lección de valores, cómo las lealtades se dan en un momento determinado cuando no hay futuro evidente, cuando se acompaña al perdedor y cuando ya no hay nada qué hacer.

Así como mi papá recibió la protección de Lleras y fue apadrinado por Barco, él hizo lo propio con muchas personas, entre ellas Andrés González Díaz y Enrique Peñalosa Londoño (Peñalosa padre fue su padrino de matrimonio y coincidencialmente Peñalosa hijo fue mi padrino de matrimonio cuarenta años más tarde).

Muy recién casados mis padres me concibieron y de tan solo año y medio de nacido, sufrí un grave accidente. En la cocina estaban calando plátano maduro, metí el tenedor, hice la palanca y me cayó encima el agua hirviendo. Estuve casi muerto y sometido por más de un año a terapias. Para ese momento vivíamos en una casa preciosa de la calle 57 al lado del Estadio El Campín.

Para mí la referencia de lugar ha sido siempre importante. A mis dos años nos fuimos a vivir a Santa Bárbara que para ese entonces parecía que quedara a las afueras de Bogotá. Como era un barrio en construcción, mis mejores amigos fueron los obreros. También recuerdo cómo dormía abrazado a un balón, en pantaloneta y con guayos puestos, para poder salir corriendo al día siguiente a jugar.

Entré al colegio a los cuatro años sabiendo leer y escribir gracias a las enseñanzas de mi madre. Estudié en el Calasanz por un tiempo breve y lo que más me gustó fue su cancha de fútbol. Después estudié en El Nuevo Gimnasio, mixto hasta cuarto primaria ubicado al lado del centro comercial Atlantis. Para quinto de primaria pasé al San Bartolomé de la Merced (al lado de mi sede política), pero una dificultad me generó problemas y es que si bien sabía leer y escribir, tuve la peor letra y la peor ortografía, por lo que le sugirieron a mi mamá que yo debía repetir el año, como en efecto ocurrió.

Tenía nueve años por lo que no fue realmente importante para mí, pero tampoco estudié, así que perdí el año otra vez. Quisieron matricularme en el Campestre, pero como castigo decidieron enviarme, de forma temporal, al José Joaquín Casas. En este colegio en vez de enfocarse en mis problemas de lectoescritura, identificaron mi capacidad matemática y se concentraron en mis fortalezas.

Mi papá, que fue un intelectual, extraordinario lector y estudioso de la vida nacional, para motivarme a la lectura comenzó a pagarme por libro leído, aunque luego me hacía preguntas de chequeo. Y le funcionó muy bien pues logró que leyera textos maravillosos como Papillón, Los Tres Mosqueteros, Trópico de Cáncer, Las Tres Sirenas, la gran mayoría de clásicos de autores colombianos y muchos más.

En el colegio hice la cancha de fútbol, el periódico y recibí un trofeo enorme como el mejor bachiller de su historia hasta ese momento.

Jaime Leal González fue para mí otro padre que siempre que me motivó a que soñara, pero teniendo claro que era necesario volver realidad esos sueños. José Joaquín Casas y Jaime Leal fueron protagonistas en la vida de muchos estudiantes que para otras instituciones eran malos.

Una vez graduado, me presenté a Los Andes, a La Javeriana y a La América. Pasé en todas con muy alto puntaje.

Recuerdo que le di mucha importancia al hecho de que mi familia quería que yo fuera ingeniero por lo mismo me matriculé en esa facultad de la Javeriana. Y no podía ser otra distinta pues era la Universidad con la mejor cancha de fútbol. Una vez allí, conformé el equipo y lo metí a la liga. Pero fue un error darle gusto a los demás pues nunca logré identificarme con la carrera, hice dos semestres sin ir a clases y solo presentaba los exámenes.

En algún momento, cuando caminaba de central a básicas, pasé por el módulo de psicología, entré y les conté mi situación. Recibí la mejor retroalimentación y tomé una decisión coherente con mis expectativas. También por casualidad pasé por la facultad de economía cuando el decano era Rosas Vega (ex ministro de agricultura del Nuevo Liberalismo y amigo de mi padre), fue muy considerado con mi situación y me acogió. Así estudié una carrera que tenía todo que ver conmigo lo que me proporcionó felicidad.

Como estudiante entré al equipo de los Millonarios, estuve a prueba en la profesional y listo para que cualquier equipo me comprara (en ese momento mi padre era Alcalde Mayor de Bogotá y sufrió mucho creyendo que abandonaría mi carrera para convertirme en futbolista profesional).

Fui el mejor jugador del Olaya donde metí el gol más importante. También participé del torneo de más renombre, Campeón de Campeones, que se jugaba en el Campincito y al que iban todos los directores técnicos del país a mirar a las nuevas estrellas. Cuando mi papá vio que yo me iba al América de Cali, compró mi pase y durante tres años me pagó lo mismo que me ganaba en Millonarios, plata que se pudo ahorrar puesto que yo vivía con mis padres, además, algo que no previeron era que yo no quería ser profesional del fútbol porque le tenía pánico a los aviones y de haber sido futbolista habría tenido que subirme todas las semanas a uno de estos, hecho que me era suficiente para haber abandonado el proyecto.

Me hice economista y estudié Alta Gerencia en Los Andes, Gobierno, Derecho Económico y Financiero en El Externado y una Maestría en Gobernabilidad y Democracia en la Santo Tomás. Mi tesis de grado la hice sobre cómo el Banco de la República nunca ha cumplido la función que se le encomendó en La Constituyente, la de mantener el poder adquisitivo de la moneda, pues tan solo se ha dedicado al control de la inflación. Siempre he tenido la fijación de seguir estudiando y cuando asumí como ministro de vivienda decidí posponer mi doctorado en España, pero estoy seguro que en algún momento lo haré.

Hice plata desde muy joven porque he tenido una capacidad innata para los negocios. Vendí flores, frutas, huevos y quesos doble crema de Ubaté que no se encontraban en Bogotá. En una carretilla con mi amigo Armando Cualla, íbamos de casa en casa, anotábamos los pedidos y los nombres de los clientes en un cuaderno de 100 hojas cuadriculado para saber a quién cobrarle cada quince días. A mis diecisiete años mi papá me regaló su carro viejo, un Mercedes 220S, y en él repartí mis productos por todo el barrio.

Hice la carrera completa en las flores, desde la siembra hasta la exportación, y con mi familia, fuimos socios durante cuarenta y cinco años de mi tío Raúl y de mi primo Fernando Fonseca (el papá del cantante Juan Fernando –Fonseca-)

Recuerdo que cuando mi papá me castigaba, me llevaba a las cuatro de la mañana los sábados a Anapoima a ordeñar. Alguna vez me preguntó:

— Cuando usted maneje esto, ¿qué es lo primero que va a hacer?

— ¡Desaparecer el ordeño!

— ¡Y así lo hice!

Hace 50 años Anapoima estaba a cinco horas de Bogotá, no tenía servicios públicos ni carretera. Mi papá compró en Jerusalén (entre Tocaima y Girardot, un lugar complicado), compró también en La Mesa, en la zona montañosa de La Esperanza, donde empezó su hato.

Cuando mi papá era secretario del Distrito fuimos a Anapoima. Llegamos a una finca que le estaban ofreciendo, pero nunca supo del problema al interior de la familia de los dueños que le dieron trago hasta hacerle firmar una promesa de compra-venta.

¡La Chica era una hacienda de más de mil hectáreas que valían nada y por la que pagó ochocientos cincuenta mil pesos. La volvió productiva, le dio acceso a servicios, abrió camino y empezó a llevar amigos para hacerlos partícipes: Abelardo Duarte Sotelo, Ignacio Umaña Brigard, Augusto y Jorge Ramírez Ocampo. José Roberto Silva también fue un protagonista importante porque ayudó a que llevaran la carretera cuando Turbay era Presidente. Hubo liberales, pero también conservadores, y los invitó pensando en que nunca se cayera el establecimiento para que el pueblo progresara. Esto tuvo un efecto multiplicador que fue poblando la tierra.

En los años 70 siguieron llegando otros personajes que dispararon los precios para convertirse en una mina de oro como lo dejaré consignado en el libro La Historia de un Hombre que se Inventó un Pueblo.

Como cosa curiosa se cumplió el adagio de que difícilmente se puede ser profeta en su tierra puesto que a mi padre nunca lo dejaron ser presidente del Concejo de La Mesa. Mi papá fue visionario. Un día me dijo: “Si usted quiere crecer en la vida, trascienda y no se quede en su pueblito”.

Hace treinta años en Anapoima unos personajes decidieron construir un Club y yo hice parte de la Junta Directiva del proyecto como estrategia de mi padre para que hiciera pinitos y aprendiera del sector. Nuestros socios fueron Arias Serna Sarabia en ese momento no tan conocidos y hoy los más prestigiosos constructores de Colombia, y Camilo Stephan, el interventor quien creó el World Trade Center. Este fue un aprendizaje maravilloso que me abrió las puertas al tema inmobiliario y de construcción, como ves, tuve los mejores maestros.

Supe entonces que mi mundo era la construcción. Viajé a Estados Unidos donde mi primo Luis Eduardo, visitamos condominios estrato tres, copié el modelo y lo implementé en Anapoima. Ya he desarrollado catorce proyectos de estos con la diferencia de que aquí los volvimos estrato seis.

Mi papá, un conversador maravilloso, me llevaba a todas sus reuniones y manifestaciones, con el compromiso que yo no hablara. Los domingos se daban reuniones de familia en ocasiones acompañadas por el presidente Barco. Si por cualquier circunstancia yo intervenía, mi papá me indicaba que debía hacer silencio. Él me enseñó que uno solo debe hablar en el momento en que tenga algo importante que decir.

Tuvimos una época muy complicada cuando yo todo se lo contradecía. Por ejemplo, le decía que a mí no me gustaban la política ni sus amigos. Fui un crítico acérrimo de su ejercicio, pero después me convertí en su más grande admirador y amigo del alma.

Un día llegó toda la gente de Anapoima a mi casa para que mi papá les ayudara a hacer las listas al Concejo y a la Alcaldía del municipio, pero mi papá ya no quería hacer parte ni podía por ser el alcalde Mayor de Bogotá. Ese día, coincidencialmente, mataron a Pardo Leal llegando a la Gran Vía rumbo a La Mesa. Cuando recibió la noticia, mi padre tuvo que ausentarse para ir a Bogotá y tomar las decisiones necesaria para evitar que se incendiara la capital, entonces, me dejó de anfitrión de sus amigos.

Fue ahí cuando empezó mi vida política. Me invitaron a encabezar la lista con Héctor García como candidato a la alcaldía. Acepté en un acto absolutamente irresponsable, pero sacamos la primera votación con mayoría absoluta. Empecé a darme cuenta que no es mala la política, sino que son las personas las que hacen daño con sus malas decisiones, pero cuando se quieren hacer las cosas bien, se puede marcar la diferencia.

Siendo yo concejal de Anapoima (1985 – 1990), me llamaron para ser suplente de Galán a la Asamblea cuando se elegía por papeleta y la cabeza de la lista tenía todos los cargos. Llegué feliz a contarle a mi padre del ofrecimiento, pero me contestó:

— Una pregunta hijo, ¿usted qué ha hecho para merecerse eso?

No tuve que contestar, porque él lo hizo por mí cuando dijo:

— ¡Usted no ha hecho nada! ¿Y sabe qué va a pasar? Pues que van a decir que es el pago que me están haciendo por ayudar a una causa en la que creo y de la que estoy convencido. Usted no va a ser su suplente, va a ser el tercer renglón de la lista nuestra a la Asamblea.

— Pero papá, ¡nosotros sacamos dos!

— Por eso. Usted no merece salir todavía.

No me puso de suplente del primero ni del segundo, sino de tercero sabiendo que yo no iba a salir. Pero lo hizo con una inteligencia única. Doble lección porque todos los de nuestro grupo quedaron de diputados. En 1991 vino la revocatoria y el único que no se había quemado y que estaba libre para poder encabezar una lista fui yo.

Por primera vez, Turbay, Botero y los otros, me acompañaron. Fui la mayor votación de la lista a la Cámara por Cundinamarca en 1991. Te cuento que otro que entró en esa revocatoria fue Gustavo Petro, elegido séptimo, es decir, el último por el departamento, y llegó y dejando pelo en la cerca. Así es la vida que tiene muchas aristas como la política.

Mi padre estaba de ministro del Interior, habiendo perdido las elecciones. Fue alcalde de Bogotá, el último nombrado por Barco, hizo una gran transformación y en general le fue muy bien. Pero como los hombres tenemos orgullo y ego, el día que salía del cargo invitaron a Galán, que no asistió al acto de despedida, lo que le dolió muchísimo a mi papá. Los amigos del lado dijeron:

— Ve, Galán no quiso estar con usted. Mire cómo lo dejó.

Mi padre decidió no acompañarlo en la campaña a la Presidencia en ese momento.

Nuestro grupo político hizo una gran manifestación cuando mi padre salió de la alcaldía, fue un acto espectacular donde lo lanzamos a la Presidencia. Como él era el último que hablaba, dijo:

— No señores. Yo no soy candidato presidencial. Los invito a votar por Durán Dussán.

Fue la forma de manifestar su tristeza con Galán. Nosotros conformamos el grupo político poderosísimo SAGASA, Sánchez, Galán, Samper, los más importantes de esa época. Pero perdimos la alcaldía porque el primer candidato que tuvimos fue el rector de la Universidad de los Andes (esposo de Noemí Sanín), pero al mes renunció porque estaba inhabilitado. Así fue como Ossa llegó en último momento lo que hacía imposible ganarle a Juan Martín Caicedo Ferrer.

En ese momento mi papá decidió acompañar a Durán Dussán, cuando nunca habíamos sido de sus toldas. Siempre fui Galanista y Llerista pero por mi padre terminamos ahí. Durán Dussán fue un tipo muy importante y muy valioso, pero nosotros no nos veíamos reflejados en su discurso.

Cuando mataron a Galán pensaron que mi padre debía haber sido su jefe de debate para tender los puentes con el Partido Liberal. Suerte de la vida cuando Gaviria ganó la Presidencia que nombró a mi padre ministro del Interior como cuota de Durán Dussán.

Yo estaba de candidato a la Asamblea, pero la perdí, como ya te conté. Era mi segundo período como concejal de Anapoima y con la revocatoria aparecí en la política como representante a la Cámara (1991). Logré algo que antes nadie y fue que el Turbayismo, el Samperismo y el Llerismo me acompañaron en una lista con la que saqué la mejor votación. Como yo no sabía de política, hablé con cada uno de ellos y los convencí.

Luego estuve por seis períodos consecutivos en el Senado (1994 – 1998 – 2002), fui Presidente del Partido Liberal (2003) en la época donde éramos diez los codirectores, y llegué a esta por elección popular, la única vez que se votó para escoger a los directivos del Partido. Obtuve la mayor votación, la segunda mejor votación la obtuvo Piedad Córdoba, la tercera Juancho López, Cristo llegó de último.

Mi madre era bachiller, inteligentísima, visionaria y el complemento perfecto para mi padre al aconsejarlo y ser su polo tierra. Ellos nunca perdieron la humildad y nos la enseñaron como un pilar de familia. Cuando fue alcalde me dijo:

— Mire Camilo, usted va a sufrir en ese cargo. Todos creen que el poder es maravilloso, pero la soledad es absoluta. Son tantos los intereses de la gente alrededor que uno termina por aislarse. También se va a encontrar con otros que no lo dejarán ver los hechos con claridad porque simplemente no les conviene, así que tratarán de ponerlo en un paraíso donde todo es perfecto y donde no hay problemas.

Eso es absolutamente cierto. Recuerdo que en la última Navidad cuando era alcalde, a la casa no le cabían más regalos (los que mi papá después llevó a las instituciones de beneficencia). Mi papá me decía: “Mire esto y el año entrante conversamos. Mejor aférrese a su familia y a las amistades de verdad, lo demás es temporal y transitorio. No se coma el cuento”. Y en efecto al año siguiente cuando ya no era alcalde, los regalos se contaban en los dedos de la mano.

De mi paso por los cargos públicos quedó el festival de Bandas que conocí en Paipa, lo llevé a Anapoima y hoy es el segundo más importante del país. Hicimos que por norma todas las construcciones de vivienda tuvieran un tanque de agua como reserva. Impulsé la ley que prohíbe la venta de alcohol a menores de edad. Y me especialicé en el tema económico y tributario. Hice todos los debates al Banco de la República, fui el heredero de Víctor Renán Barco en lo tributario, evidencié que en el Congreso hay muchos intereses, pero yo fui independiente.

Fui feliz como opositor de los gobiernos votando solo lo que en mi opinión estuviera bien. No usé un solo viaje parlamentario a ninguna parte del mundo (cuando todos lo hacen). Mis jefes fueron mi papá, antes Barco y antes de él Lleras. Llegué solo. Fui aceptado en el partido porque tengo votos, carisma y recursos para hacer la campaña sin depender de nadie. Y es que mi papá siempre me dijo: “Si usted quiere ser honrado en la vida, tiene que tener independencia económica”.

El día antes de la muerte de mi padre estábamos en Anapoima y llegaron a mi casa Enrique Santos (padre), Enrique (hijo) y Juan Manuel. Duramos siete horas discutiendo sobre diferentes temas. Cuando se fueron, mi padre me dijo:

— Le voy a dar un consejo mijo. Si usted va a pelear con un Santo, hágalo con los del cielo porque los de la tierra sí tienen poder. Pero le voy a decir otra cosa.

— ¿Qué cosa?

— Que ese que usted ve caminando allá va a ser Presidente de Colombia.

— ¡Qué va a ser Presidente si ese no sabe hablar! (con el perdón de mi Presidente pues soy Santista)

— Pues está equivocado, Camilo. Él va a ser Presidente y usted va a ser su ministro de hacienda.

Ahí se equivocó porque estuve al frente del ministerio de Vivienda, pero me lo dijo hace veinte años. Al otro día murió.

En el Ministerio me dediqué a cerrar temas que estaban pendientes, pues solo tendría un año para dejar resultados y fue así como muchas cosas que estaban inconclusas las pudimos entregar para bien de las regiones. Lo que vi de corrupción lo denuncié a la Contraloría y a la Procuraduría sin dudar y, aún así, obtuve una muy buena calificación.

A mi salida del Ministerio me invitó un Head Hunter a participar para el cargo de Andesco. No esperaba estar ahí, pero ha sido una de las mejores experiencias que he tenido. Es el gremio de los servicios públicos que me permite interactuar de manera directa y permanente con los empresarios más emblemáticos, con el Gobierno Nacional y las regiones, ayudando a consolidar la Paz con la ejecución del cierre de brechas en servicios públicos. Mi gremio representa el 6.5% del PIB lo que lo hace muy importante.

Estoy feliz de poder continuar con mi columna en Portafolio, claro está, que ahora lo hago hablando no de política sino de servicios públicos, ahora me reconocen como un politécnico. También quiero seguir produciendo por muchos años más, estar activo y sentirme muy vital, ocupado y feliz. Las cosas se me han dado como he querido, aunque la vida se va construyendo sin que uno imagine lo que trae consigo.

Todos creían que yo iba a ser Gobernador de Cundinamarca y me hubiera fascinado, pero no en un momento como el que vive el país, pues no voy a poner en riesgo mi nombre, ni a mi familia, ni mi tranquilidad. No es pecado ser político como tampoco lo es ser técnico, el pecado es querer pontificar en nombre de y esa es una de las cosas que está pasando.

Otra experiencia inolvidable y de la que aprendí mucho fue mi paso por la junta directiva de Punch. Fuimos socios con Enrique Peñalosa (papá), — Pérez, Helmut Bickenback, Luis Fernando Jaramillo y su hermano.

Siempre me fascinó vivir bien. Tengo escrito en piedra otro de los consejos de mi padre: “No se trata de ser rico, sino de vivir rico”.

Mis papás se separaron después de treinta años de casados. Mi padre fue un hombre encantador que jamás hizo separación de bienes y que se comportó como un señor con mi mamá. Mi madre es una mujer maravillosa, de un solo hombre, y a mi padre lo amó hasta su último aliento y lo sigue amando, aunque lo niegue. En sus años juveniles fue muy emprendedora y gran ejemplo para todos. En la actualidad vive en Cartagena donde la visito con la mayor frecuencia posible, pues su compañía y su afecto son vitales para mí.

Mi padre murió en 1999 pero sigue vivo para mí, pues le hablo especialmente cuando visito la iglesia de Anapoima donde están sus restos. Yo no voy a un cementerio ni a un hospital, solo lo hago para visitarlo a él y a mi primo Germán (Gómez) pues son mis muertos más cercanos y con los que conservo una comunicación muy a mi manera.

Con mis dos hermanas he compartido grandes momentos de mi vida, las admiro y quiero profundamente pues siempre me han consentido con ese amor maternal que les es propio. María Ángela es comunicadora social y tiene su negocio que goza de reconocimiento y buen nombre, Tres Gatos. Mi hermana Juanita vive en España y es una gran escritora.

Tengo dos hijos que adopté por las circunstancias de la vida. Juan Camilo (de mi primer matrimonio, con Abby, una americana que conocí a mis veintidós años), ha tenido una vida magnífica pero también muy dolorosa. Sufrió mielitis trasversa a los veintiún años (en el 2014). Entró caminando a la Fundación Santa Fe y salió en silla de ruedas. La transformación que ha tenido en su vida es ejemplar, hoy es selección Bogotá de natación paralímpica quedando cuarto, y confío en que nos va a representar en Tokio en el 2020. Está terminando su carrera en la Sergio Arboleda.

Juliana, de mi segundo matrimonio, con Claudia, tiene trece años, es muy brillante y un alma de Dios. No puede ser mejor, es divina y se parece a Claudia en todo.

A ellos les digo que su obligación es la de hacer las cosas que les gusten y si tienen la suerte de que les paguen por eso, será lo mejor pues esa es mi definición de éxito. Claudia complementa siempre: deben tener un arte.

Recuerdo que el día antes de separarme llegó Claudia al edificio en que yo vivía. Lo único que hice fue abrirle la puerta cuando yo salía y ella entraba al apartamento que iba a tomar en arriendo. Al día siguiente de conocerla, me partí la pierna en un partido de fútbol y fue cuando decidimos la separación Abby y yo.

Con el tiempo me fui haciendo amigo de mi vecina, le contaba todo lo que me pasaba en detalle porque jamás pensamos que terminaríamos en una relación. Pero un día le dije:

— ¡Vamos a salir!

— No está ni tibio (me contestó).

— Esas palabras te las vas a comer. ¡Vas a ver!

Decidimos que no hablaríamos de hijos durante los dos primeros años de matrimonio y así fue. Pasado este tiempo más un día, Claudia abordó el tema. No sé cómo cambié de opinión con respecto a volver a ser papá y llegó Juliana.

Claudia tiene una gran tenacidad y logra todo cuanto se propone. Es una gran conversadora, le gusta el deporte (montamos en bicicleta y nada mientras yo juego tenis). Es una muy buena mamá, una luchadora, capaz de vencer lo que le pongan al frente. Como mujer santandereana, tiene buenos dichos:

— Mujer que no gasta, hombre que no progresa.

Y lo aplica mientras se dedica a desarrollar su vida profesional en el campo de los seguros y me ayuda en el diseño de mis proyectos.

Para mí Bogotá no existe el fin de semana, si no estoy en Anapoima me voy para Cartagena. Estos dos sitios son mi paraíso, mi mundo. Evito los cocteles y las fiestas, me gusta estar en mi casa, invitar amigos, convocar. Tengo una familia política muy bonita.

Tengo un capítulo en un libro que escribí con Germán Castro Caycedo sobre mi primera mascota. Ahora mi hijo perro es mi Benjamín, un Chocolate como Bruno, un Bernés de la montaña que se sube a mi cama cuando Claudia no está. Hice la primera ley animalista en el Congreso, gestionamos todo cuanto fue necesario para que en la Constitución dijera que el respeto por los animales es fundamental. También hicimos la multi especie que consiste en que en las casas quede el cuarto del animal y que en los parques tengamos una parte asignada a ellos y otra a los niños.

Recuerdo con especial afecto a mis amigos. A Darío Ferrer lo conozco desde la universidad y con él hice la tesis. Constituimos una empresa de exportación de fruta fresca. Si bien no nos vemos con frecuencia, nos queremos de verdad, tanto como se quieren nuestras familias. Armando Cualla, Pucho (nieto de Gallino Vargas), era mi vecino de casa desde que nací, lo llevé a Anapoima y hoy es el presidente del concejo de ese condominio. Alvarito Gaviria, con quien aprendí a jugar tenis. Juan Lozano, una persona muy decente y honesta, fue el que me reemplazó en la lista de Galán como suplente a la Asamblea. Germán, mi primo que se murió joven por la droga, fue el tipo más brillante que conocí en la vida a quien querré siempre, hijo del mejor amigo de mi papá, Raúl Gómez. En los aviones si estás sentada a mi lado no existes pues solo hablo con mi papá, con Eduardo y con Germán.

Además de la humildad, ¿cuáles dirías que han sido otros pilares fundamentales?

Ser absolutamente leal es otro gran pilar de la existencia. También la transparencia y el sentir orgullo de la historia personal.

Otra de las cosas que aprendí de mi papá fue su compromiso que empieza con la puntualidad (tuvimos unos socios suizos que nos enseñaron el respeto al tiempo).

Y que cuando se está en algo, hay que hacerlo a fondo y con todo.

¿Y cuál una primera lección de vida?

Si a uno le ayudan a manejar sus egos y a estimular sus virtudes, uno se dispara.

¿Cuál es tu sentido real de la existencia?

Aprender a sobrepasar las limitaciones.

Tuve una esquirla de bala en el ojo. Se me dijo que jamás podría volver a jugar tenis ni squash y que quedaría con algunas limitaciones. Llegué a la cancha y me dediqué por completo a trabajar. Hoy soy campeón de segunda categoría de tenis.

Lo más grande para mí era el fútbol y me partí la tibia y el peroné. Me quedó el pie colgando. Me dijeron:

— Usted no va a poder volver a hacer deporte.

Me mejoré y hago deporte, incluso troto.

¿Cuál ha sido el momento emocionalmente más difícil que hayas vivido?

El momento más doloroso fue cuando murió mi papá. El sentir que se iba el mejor amigo de mi vida. El saber que quedaba sin liquidez y respondiendo por la familia y que no podía quedar mal con nadie.

¿Cuál es una clave para el logro?

Tener claras las prioridades.

¿Y quiénes las personas claves?

En mi caso son mi familia esposa e hijos, mi mamá y mi mascota.

De todas las lecciones recibidas de tu papá, ¿cuál rescatarías en este momento?

Que uno tiene que hacer las cosas difíciles porque las fáciles las hace cualquiera.

¿Cuál es tu elemento?

El agua que es fundamental. En la ducha tomo las decisiones y preparo mis discursos o en el jacuzzi de Anapoima.

¿Qué te gusta dejar en las personas que se acercan a ti?

Me gusta que lo que he vivido sea un legado para las personas que quiero.

¿Cuál debería ser tu epitafio?

Hizo lo que se propuso y lo hizo bien.

Tomado de El Espectador